Trabajadores en Corea del Sur: ir a la 'cárcel' para poder descansar

  • April 30, 2019

Trabajar en Corea del Sur no es, ni mucho menos, una tarea fácil. La presión familiar, el estrés y las numerosas horas extra son factores que pueden acabar teniendo consecuencias dramáticas. El consumo de alcohol es particularmente elevado en el país y la tasa de suicidio de los surcoreanos es una de las más altas del mundo. Kwon Yong-suk, un ex abogado que trabajaba más de 100 horas semanales, ha creado un nuevo concepto de retiro espiritual para escapar de la asfixiante sociedad surcoreana. “Prison Inside Me” es una cárcel que puede acoger hasta 28 personas. Allí pasan 24 horas liberando estrés: una solución radical para un problema igual de radical. Esto nos lleva a plantearnos por qué los coreanos sienten la necesidad de encerrarse en una celda para relajarse. Hemos intentado averiguarlo.

La población surcoreana, bajo presión

Desgraciadamente, los surcoreanos tampoco se libran de un problema recurrente en todo el mundo y particularmente en Asia: el estrés y la presión profesional o académica. Una presión que allí se manifiesta desde la primera infancia. El éxito escolar es particularmente importante y las exigencias (y esperanzas) de los padres pesan mucho sobre los niños y adolescentes.

Esa es la razón de la popularidad de las cram schools, las escuelas de refuerzo a las que van la mayoría de los estudiantes coreanos después de las clases del colegio. En coreano se llaman hagwons, y Se-Woong Koo, que da clases de inglés en una de ellas, dice que el ambiente es más bien hostil, pues no parece que se dé demasiada importancia al desarrollo interior de los estudiantes. De media, los alumnos coreanos estudian unas 13 horas al día y duermen solamente cinco. Tampoco hay que olvidar la gran competencia que existe entre los estudiantes, pues el objetivo final es llegar a ser “alguien” y para ello hay que entrar en alguna de las tres universidades que forman la Ivy League coreana, conocida como la SKY.

Unas condiciones de trabajo difíciles

Una vez insertados en el mundo profesional, los coreanos se enfrentan a otra importante presión, la del mundo empresarial, que es particularmente estresante. El idioma coreano (al igual que el japonés) también tiene una palabra que designa la muerte provocada por las horas extra: gwarosa. ¿Por qué? Porque los trabajadores coreanos están entre los que más horas extra hacen en el mundo. En 2017 eran los terceros del triste podio, con una media de 2024 horas extra anuales por trabajador, es decir, 168 horas al mes. Hasta hace poco, la semana laboral contaba con seis días (solo se descansaba el domingo) y tenía una duración legal de 68 horas (es decir ¡más de 11 horas al día!). El gobierno acabó tomando medidas: en julio de 2018 entró en vigor una ley que redujo el tiempo semanal a 52 horas repartidas en cinco días. Pero habrá que esperar un poco para determinar si estas medidas son suficientes, pues no hay que olvidar que en el 2017 la gwarosa se cobró cientos de víctimas.

Los trabajadores coreanos están entre los que hacen más horas extra en el mundo. En 2017 eran los terceros del triste podio, con una media de 2024 horas extra anuales por trabajador, es decir, 168 horas al mes.

Este frenético ritmo de trabajo se debe a varias razones. La filosofía confuciana ejerce una gran influencia sobre la sociedad surcoreana, por lo que el trabajo se presenta como la única manera de beneficiar colectivamente a la sociedad y tiene un lugar central en la vida de los ciudadanos. En Corea del Sur, el individuo lleva sobre sus hombros el honor de su familia y de sus antepasados y cada éxito o fracaso profesional tiene un peso enorme. Cabe mencionar igualmente que la crisis económica asiática de 1997 tuvo un impacto muy importante en Corea del Sur, tanto económica como socialmente: la cotización de la moneda se desplomó, se produjo la quiebra de KIA Motors (empresa emblemática del país) y The Bank of Korea se libró por muy poco. Se produjeron despidos masivos y una subida sin precedentes del desempleo, que aumentó cinco puntos en dos años. El trauma sigue hoy muy presente en la mente de los coreanos, que no dudan en dedicarse en cuerpo y alma a sus empresas, para evitar caer en una situación precaria.

Existe por lo tanto una presión difícil de gestionar a diario y a la que hay que añadir un ritmo de trabajo casi insoportable, con consecuencias potencialmente dramáticas, así como el consumo excesivo de alcohol en general y de soju (la famosa bebida alcohólica coreana) en particular. Casi el 20% de la población admite beber más de 10 vasos a la semana. Y lo que resulta aún más alarmante es que las estresantes condiciones de trabajo provocan una tasa de suicidio muy elevada: se suicidan 25 de cada 100.000 personas, lo que coloca a Corea del Sur en el podio de los países de la OCDE con más suicidios anuales. Se trata de la primera causa de muerte de los ciudadanos de entre 10 y 30 años y la segunda (después del cáncer) de los mayores de 40. Los hombres, que asumen en su inmensa mayoría la posición de cabeza de familia, se ven más afectados que las mujeres (en 2015 el 37,5% eran hombres, frente a solamente un 15,5% de mujeres). Aunque a menudo es difícil conocer las verdaderas razones que llevan a cometer este tipo de actos, no se puede ignorar la presión y el estrés que sufren los ciudadanos coreanos en su día a día en el trabajo, si además tenemos en cuenta que la tasa de desempleo del país es del 3,7%.

El suicidio es la primera causa de muerte de los ciudadanos de entre 10 y 30 años y la segunda (después del cáncer) de los mayores de 40

Las enfermedades mentales, tomadas a la ligera

El país cuenta con una importante tasa de suicidio porque la depresión se considera a menudo como un simple humor pasajero e incluso como una exageración que “ya se pasará”. Los pacientes que finalmente asumen tener depresión e inician una terapia y/o un tratamiento, acaban dejándolo enseguida, como cuenta el profesor de psiquiatría Kim Eo-su a The New York Times. Muchos piensan incluso que pueden curarse solos “dedicándose a la religión o haciendo más ejercicio”. Según el profesor Kim Eo-su, este tipo de comportamientos se debe a la presión social que gira en torno a la depresión y a los trastornos psíquicos, no siempre considerados como enfermedades de pleno derecho, y que por ello, teóricamente, no requieren tratamiento médico.

La depresión se considera a menudo como un simple humor pasajero, e incluso como una exageración que “ya se pasará”

El Estado surcoreano también tiene parte de responsabilidad. La situación es crítica y, aun así, las inversiones en infraestructuras adaptadas al tratamiento médico de las enfermedades mentales y a la prevención han aumentado muy poco: “El total del presupuesto nacional asignado a la prevención del suicidio alcanza apenas los 7 millones de dólares. Japón, en comparación, gasta más de 130 millones de dólares en prevención, y obtiene muy buenos resultados”, explica Young-Ha Kim, escritor surcoreano comprometido con el tema, en un artículo de opinión de The New York Times. Corea del Sur está además muy lejos de respetar las recomendaciones de la OMS (Organización Mundial de la Salud) relativas a los gastos dedicados a la salud mental. La organización recomienda que se destine a las enfermedades mentales entre un 15 y un 50% del presupuesto en salud pública, y en Corea del Sur el gasto solo representa el 3%.

De hecho, el país registra muy pocas infraestructuras dedicadas a la salud mental. En 2013 solo había 19 centros psiquiátricos públicos, frente a 168 privados. ¿La consecuencia? Únicamente el 15,3% de los coreanos con problemas mentales se trata y solo se le hace un seguimiento al 23% de la población con depresión (frente a más del 40% en el resto de países de la OCDE). A esto se añade que los profesionales del sector (ya sean psiquiatras, psicólogos o personal hospitalario) sufren condiciones precarias, pues la mayoría son contratados de manera temporal. La alta rotación de personal y los despidos que esta conlleva hace que, a veces, los que se quedan tengan que atender a más de 100 pacientes a la vez. Evidentemente, la calidad de los tratamientos se ve afectada.

Ir a la “cárcel” para cuidar la mente

Ante esta situación, no resulta tan sorprendente que se creen proyectos alternativos y privados como Prison Inside Me, pues proponen soluciones que no ofrece el sistema público, que va siempre por detrás. Pero, ¿cómo se vive exactamente la experiencia como prisionero? La empresa Happiness Factory (no podría tener un mejor nombre), fundada por el ex abogado Kwon Yong-suk, te invita a vivir como un detenido durante 24 horas, aislado completamente. Hay que dejar el móvil, tabaco y demás pertenencias en la entrada, ponerse un uniforme con un número de recluso nada más llegar y encerrarse en una celda de cuatro metros cuadrados. Nada de clases de yoga, ni comidas vegetarianas. Y está siendo todo un éxito: las 28 celdas del establecimiento están ocupadas todos los fines de semana.

Pero en realidad,tal y como lo indica el propio nombre de este retiro espiritual nuevo en su especie, consiste más en liberarse de la propia prisión interior que de estar en la cárcel. La Happiness Factory tiene que ver con la introspección, la reflexión interior y la meditación y sus pequeñas celdas, dotadas de una ventana con vistas a la montaña, parecen el lugar perfecto. Desconectados del mundo, del trabajo y de sus teléfonos, los presos reponen fuerzas y consiguen por fin relajarse. Aunque en realidad no permanecen encerrados las 24 horas, pues se organizan sesiones de intercambio de experiencias con el resto de detenidos e incluso conferencias sobre la importancia de la meditación, el teatro o el juego para la liberación interior.

Desconectados del mundo, del trabajo y de sus teléfonos, los presos reponen fuerzas y consiguen por fin relajarse

Cabe mencionar que los detenidos no son acompañados por ningún especialista en salud mental. En resumen, a pesar del nombre y de la llamativa infraestructura del lugar, sus características son las mismas que las de los retiros espirituales tradicionales. Se trata de una especie de escapatoria al día a día y al estrés, que a veces resulta muy difícil de gestionar, sobre todo para los coreanos. Los participantes deben pagar de su bolsillo el programa de 24 horas y este ha tenido tanto éxito que Prison Inside Me acaba de lanzar dos nuevas fórmulas para 2019: una de 48 horas (que cuesta unos 80 euros) y otra de una semana (a un precio de unos 390 euros, lo que en la moneda local equivale a algo menos de un cuarto del salario medio surcoreano). Desgraciadamente, ir a la cárcel para liberarse no es gratis.

Aunque la mayoría de los participantes salen satisfechos, aún es pronto para evaluar los efectos reales (negativos o positivos) de estas reclusiones a medio y largo plazo. Lo que está claro es que la mera existencia de un lugar como Prison Inside Me pone de manifiesto el verdadero problema de la sociedad de Corea del Sur, donde las condiciones de trabajo de los ciudadanos son tan insoportables… que matan.

Traducido por María Gutiérrez Alonso

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Anouk Renouvel

Freelance @ Communication numérique

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