Boris Paillard, de analista en finanzas a creador de una escuela de código

  • April 1, 2019

Tras trabajar tres años en finanzas como analista cuantitativo, Boris Paillard, que hoy tiene 32 años, decidió dejarlo todo para montar una escuela de código. Más de cuatro años después de la primera sesión de formación propuesta por Le Wagon, que hoy tiene campus en todo el mundo (en España está presente en Madrid y Barcelona), este joven emprendedor nos habla sobre los motivos que le impulsaron a cambiar de vida y los desafíos a los que tuvo que enfrentarse.

¿Cuál ha sido tu recorrido y qué te impulsó a orientarte hacia las finanzas?

He seguido un recorrido bastante clásico: un curso preuniversitario en Matemáticas en el instituto Henri IV de París, tras el cual estudié ingeniería en la École Centrale de París. Siempre se me han dado bien las matemáticas y las ciencias, pero no tenía una idea precisa del oficio que quería ejercer. Solo sabía que no quería dedicarme a la investigación y la etapa final de mis estudios coincidió con la época dorada de los mercados financieros. Es por eso que decidí especializarme en matemáticas aplicadas a las finanzas, pero sin mucha motivación. Tras un año de prácticas en HSBC en Hong Kong, me incorporé al equipo parisino como analista cuantitativo.

¿En qué consistía tu trabajo?

Mi trabajo consistía en construir modelos matemáticos que permitieran a los corredores de bolsa evaluar mejor sus carteras. Era un oficio muy técnico, un analista cuantitativo es como el ingeniero de la sala de mercados. Trabajaba con gente muy competente y nuestras conversaciones me motivaron a permanecer unos años en esta vía, pero rápidamente me di cuenta de que no me sentía cómodo, sentía que mi oficio no tenía mucho sentido.

¿Qué era lo que no te gustaba?

El simple hecho de trabajar en una gran empresa me daba la impresión de ser un peón entre tantos otros. No veía la utilidad real de lo que producía, nunca sabía si los corredores de bolsa utilizaban realmente los modelos que yo concebía. A veces tenía la sensación de estar ahí simplemente para justificar ante la autoridad de control de los mercados financieros que estábamos haciendo bien nuestro trabajo. Además, las historias de política interna me hacían sentir incómodo: veía que las personas que progresaban dentro de la empresa no siempre eran quienes yo más valoraba a nivel profesional y eso me frustraba. Por otra parte, el hecho de trabajar en un sector tan hiperespecializado y técnico me agobiaba un poco y no veía cómo aplicar en otro ámbito de mi vida lo que implementaba y lo que aprendía en el trabajo. La combinación de todo ello hizo que muy pronto tuviera ganas de orientarme hacia otra cosa.

El hecho de trabajar en una gran empresa me daba la impresión de ser un peón entre tantos otros. No veía la utilidad real de lo que producía, nunca sabía si los corredores de bolsa utilizaban realmente los modelos que yo concebía.

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Boris Paillard, director ejecutivo de la escuela Le Wagon - París

¿Cuál fue el detonante que te llevó a dejar las finanzas?

Tuve la suerte de contar con muchos viejos amigos que se habían volcado en el sector de la tecnología y con los que pude crear, de forma paralela a mi actividad en finanzas, proyectos más personales, sobre todo aplicaciones web y móviles. Trabajé concretamente en un proyecto de un comparador de vuelos y después en un calendario centralizado, dos proyectos que nunca vieron la luz, pero que me permitieron perfeccionar mis conocimientos en código. El hecho de involucrarme en proyectos muy concretos y que podían ser utilizados directamente por el público general me motivó mucho. Poco a poco empecé a pensar que me sentiría mucho más satisfecho si trabajara en este sector y por eso decidí dejar mi puesto.

¿Cómo se te ocurrió la idea de Le Wagon?

Siempre me ha gustado explicar y enseñar. Cuando estaba en el curso preuniversitario, daba clases de matemáticas de manera paralela para ganar algo de dinero y, en el mundo de las finanzas, me solían elegir a mí para animar las charlas y hacer que los temas técnicos fueran más entendibles para los equipos de operaciones. Después, al trabajar en mis proyectos de aplicaciones, me di cuenta de que los cursos de programación que había seguido en la escuela de Ingeniería eran muy aburridos, demasiado teóricos y no muy bien adaptados. Reflexioné mucho sobre la manera en que yo había aprendido a crear código y en cómo podía mejorar la formación en este sector. Observé lo que se hacía en Estados Unidos, donde están mucho más avanzados que nosotros en este tema, y descubrí que existían cursos intensivos de dos meses, denominados bootcamps, destinados a personas en etapa de reconversión profesional y que quizá no han tenido el tiempo ni los medios para realizar uno o dos años de estudios tradicionales. El concepto me interesó y lo decidí consultarlo con varios amigos emprendedores y con mi hermano, que es abogado penalista. Los dos juntos decidimos lanzarnos a la piscina y crear nuestra propia escuela de código.

Me di cuenta de que los cursos de programación que había seguido en la escuela de Ingeniería eran muy aburridos, demasiado teóricos y no muy bien adaptados. Reflexioné mucho sobre cómo podía mejorar la formación en este sector.

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Le Wagon en París

¿Cómo fueron los comienzos de esta aventura empresarial?

Estuvimos trabajando ocho meses en el proyecto antes de organizar nuestra primera sesión de formación en enero de 2014. Yo mismo elaboré el contenido de los cursos, tuvimos que encontrar profesores que nos ofrecieran apoyo y propusimos varios cursos de tarde gratuitos para poner a prueba nuestra idea y nuestra pedagogía. Fue una de las épocas más intensas de mi vida. Estaba bastante estresado porque, como yo nunca había seguido una formación en desarrollo web, tenía miedo de que mis alumnos me vieran como un impostor. Para tranquilizarme y mejorar, hice muchos contactos nuevos y participé en un montón de encuentros con desarrolladores web. Me rodeé de personas con un bagaje un poco más técnico que el mío, como Sébastien Saunier, graduado de la École Polytechnique y consultor técnico de start-ups, que se incorporó a Le Wagon como director de tecnología.

Estaba bastante estresado porque, como yo nunca había seguido una formación en desarrollo web, tenía miedo de que mis alumnos me vieran como un impostor.

¿Qué es lo que te motiva a diario en tu trabajo?

Lo que más me gusta es la impresión de poder influir en la vida de las personas que forman parte de Le Wagon. Contamos con 2.000 alumnos de media al año en las 30 ciudades en las que estamos presentes, lo cual no es gran cosa a escala global, pero sé que para muchos de ellos esta experiencia ha supuesto una auténtica inflexión en su carrera profesional. Esta aventura me aporta todo lo que echaba de menos en las finanzas. Encuentro sentido en lo que hago a diario, de hecho suelo decir que la educación y la formación son "el Rolls Royce" de lo que da sentido a la vida. Además no me aburro nunca: tengo que renovarme continuamente, encontrar nuevas ideas y lanzar nuevos proyectos. No tengo la sensación de trabajar, lo veo como un gran juego.

Esta aventura me aporta todo lo que echaba de menos en las finanzas. Encuentro sentido en lo que hago a diario, de hecho suelo decir que la educación y la formación son "el Rolls Royce" de lo que da sentido a la vida.

¿Qué consejos darías a quienes desean dejarlo todo para lanzarse a una aventura empresarial?

Me preguntan a menudo si al dejar el entorno de las finanzas ya tenía una idea bien precisa de la escuela que quería crear, si ya había establecido un plan de negocio, si lo había anticipado todo. La respuesta es no. Sin embargo, cada vez que he emprendido algo siempre he reflexionado sobre lo que dicha experiencia me aportaba a nivel personal. Solo una de cada mil start-ups triunfa, la probabilidad es tan pequeña que es necesario que el viaje valga la pena. Creo que es sano tener una visión algo interesada y personal del emprendimiento y, en general, encontrarle sentido al trabajo, ya que esto permite desdramatizar los obstáculos y los fracasos. Para mí, el emprendimiento es, ante todo, una oportunidad para aprender.

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Las oficinas (muy verdes) de Le Wagon - París

Foto de WTTJ@Le Wagon

Traducido por Rocio Perez

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Mélanie

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